La obra de Martín Kovensky transita entre la pintura y la gráfica, la fotografía y el montaje, lo analógico y lo digital. Y esto no se debe exclusivamente a la particularidad de los medios que emplea. En su poética, una mirada nómade al universo visual y material sobre el que se edifica nuestra vida diaria funciona como factor integrador y vinculante, impulsando una estética que sólo parece encontrar su norte en la hibridez y el eclecticismo.
No obstante, existe una brújula en toda esta constelación de imágenes, situaciones, referencias sociopolíticas, deseos y expresiones gráficas. Un elemento articulador; el mismo que, en los últimos años, se ha constituido en motor de gran parte de su obra artística: el dibujo.

Curiosamente –o no– esas características contradicen la herramienta con la que el artista trabaja hace ya más de diez años, y por la cual su obra circula preferentemente: la computadora. Frente al acabado ideal, la simulación impecable o los brillos de la síntesis digital, Kovensky se niega a resignar el toque personal de su trabajo, a deponer la singularidad de su mirada, a dejar de lado su subjetividad. Por este motivo, su obra suscita algo así como un placer paradójico, que descansa sobre una imagen a medio camino entre la pantalla bocetada y el graffiti hi-tech.
La simplicidad de las figuras enfatiza el concepto sobre el que descansan. Porque, lejos de ser representaciones acabadas del mundo, esas figuras son las portadoras de un impulso comunicativo que exterioriza el pensamiento de su autor en la forma de un comentario visual. Funcionan, casi, como los elementos de un lenguaje que se propaga, si bien con códigos propios, haciendo oídos sordos a convenciones formales, pero sin descuidar el diálogo franco con el espectador.
Compositivamente, esos comentarios visuales tienden a plasmarse en situaciones. En algunos casos pueden, incluso, sumarse componentes narrativos. Sin embargo, una de las claves principales de su lectura está en su relación con el entorno, en su ingrediente situacionista. En este punto, es importante tomar en consideración las vías por las que ha circulado, y continúa haciéndolo, el conjunto de la obra del artista: ilustraciones para la prensa impresa, libros, las páginas virtuales de Internet.
El universo de Kovensky es un mundo poblado de pantallas. Extrañamente, esas pantallas no son monitores de computadoras –lo que podría preverse, considerando el entorno de trabajo del artista– sino televisores, identificados por sus infalibles antenas. ¿Un rasgo de melancolía? ¿O en el universo de Kovensky no existe el cable? Seguramente, no es un medio en particular al que el artista pretende referirse en sus dibujos, sino al régimen mediático que enmarca, omnipresente, nuestras vidas y nuestras relaciones con los demás.
A eso se debe, quizás, que algunos acontecimientos que han sido objeto de una marcada cobertura medial aparezcan como un flash en esas mismas obras. La realidad, después de todo, se construye a partir de lo que percibimos, no sólo sensaciones o emociones, sino también representaciones, informaciones, relatos, ficciones... Materiales para formular algunas certezas, tal vez, pero principalmente, disparadores de interpretaciones abiertas y sentidos múltiples.
Los ingredientes ideales para una mirada nómade.
Rodrigo Alonso